MI TRABAJO, MI BUENA SUERTE
Algunos años antes de dejar Chile para instalarme en Estados Unidos –el país donde vivo hace 12 años-, comencé a aprender orfebrería. A menudo me emociona pensar que el oficio al que llegué por casualidad, buscando un pasatiempo, hoy sea mi trabajo, mi pasión, lo que hago con entusiasmo de lunes a viernes. Austeridad, repetición y simetría son algunos de los conceptos que me interesa explorar en mis piezas. Más que simple ornamento, considero a mis joyas como la bitácora en la que registro las obsesiones con formas, colores o temas que me han acompañado a través del tiempo.
LA JOYA, EL AMULETO
Una persona mayor a la que quiero muchísimo, me hizo hace pocos días un regalo: una bolsa con joyas que habían sido de su esposa, a quien él perdió hace ya varios años y a quien yo nunca llegué a conocer.
No son de oro ni tienen piedras preciosas, sin embargo su mujer las atesoraba como sus objetos de la buena suerte. Son piezas antiguas, compradas durante viajes por Marruecos e India. De ellas penden un pájaro de hueso, cuentas de coral, un círculo de jade, un cristal de amatista, una turquesa en bruto y espejos para refractar el mal.
Al tocar, mirar y probarme estas joyas, me sentí en otra época, en otro lugar, manteniendo una conversación íntima con una presencia desconocida. Y eso me llevó a pensar que el verdadero poder de un amuleto supera con creces la entrega de buena fortuna. Un verdadero amuleto tiene el poder de conectarnos con lo intangible, con el misterio. Nos abre una puerta para que nos dejemos llevar por la fantasía y, si tenemos suerte, volvamos a soñar.
